Píldoras de Historia

Un crimen en 1916

02/09/2016

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El vecino de Castro don Natalio Otero Peredo, prestigioso concejal del Ayuntamiento de Cillorigo, llegó a Tama en la tarde del día 2 del actual, como todos los sábados, con el fin de asistir a la sesión, pues traía encargo de sus convecinos de obtener la correspondiente autorización para quitar la techumbre de la escuela con el fin de evitar su derrumbamiento y dar principio a las obras de mejoramiento que, debido a su gestión en gran parte, estaban proyectadas.

Como de costumbre, ¿en el último? [está borroso] tercio de la tarde se jugó una partida de bolos, de la que Natalio formó parte, pasando a tomar lo jugado a casa de Bada, reinando, como siempre, la mayor armonía. De allí salió el infortunado concejal, algo antes de las nueve, despidiéndose «hasta mañana», pues era constumbre en él, desde hace muchos años, venir los domingos a tomar café a Tama. Llegó Natalio hasta el punto llamado Alto de la Prada, que está a medio camino entre Tama y Castro, donde una mano criminal le esperaba para quitarle la vida, y no debió costar mucho al criminal dar gusto a su fiero instinto, a juzgar por las huellas. Este le esperaba escondido en un bardal inmediato a la cuneta y, por lo usada que estaba la guarida, se deduce que allí le había esperado otras veces, sin que pudiera consumar el homicidio, por ir la víctima acompañada de algún amigo.

El día 2 iba Natalio solo, la noche bastante obscura, y como iba fumando, pudo la luz del cigarro orientar al criminal para asestar con mayor éxito el primer golpe, a consecuencia del cual debió caer muerto instantáneamente: pero aquella fiera humana, para marchar en la seguridad de no ser descubierto por la víctima, si supervivía, y para saciarse de sangre aquella hiena, le arrastró hasta el talud de la carretera donde le machacó la cabeza.

Parece que la víctima tenía algún presentimiento de lo que había de sucederle, pues desde hace algún tiempo era grande el empeño que mostraba en ir acompañado, al pasar por dicho punto.

El cadáver fue hallado, al amanecer del día siguiente, por un hijo de la víctima, que venía en su busca. El cuadro que se desarrolló en aquel momento fue de los más conmovedores que nos puede pintar la fantasía más novelesca. Era el malogrado Natalio un amante padre, un amigo cariñoso y un vecino considerado y servicial; conocidísimo en esta región, su nombre era pronunciado frecuentemente entre sus amigos para celebrar sus jocosidades y discretas ocurrencias; había militado siempre en el partido liberal, sin que jamás se le notara animadversión hacia los contrarios, hasta en esto era grande, los rencores políticos no echaban raíces en su noble corazón; era hombre de una luz natural envidiable, que le permitía desempeñar un buen papel en la sociedad, y, en fin, no se le conocían enemigos; por eso su trágico fin causó en sus numerosos amigos más honda sensación, por eso también en los primeros momentos no era fácil hallar una pista que orientara a la Justicia para esclarecer el hecho. Nos consta que sus amigos han trabajado con ahinco, para encontrar al autor, el señor Juez de Instrucción no se ha dado un momento de reposo desde que tuvo conocimiento del suceso; todos, en fin, desearían conocer la fiera que arrebató la vida al amigo de todos pero hasta el momento de mandar estas cuartillas solo hay un detenido a quien la opinión y una serie de coincidencias acusan, pero que la Justicia se encargará de juzgar.

La Voz de Liébana, 9/9/1916


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