Píldoras de Historia

Fiesta en La Vega en 1918

Fiesta en La Vega de Liébana en 1918

"Voz de Liébana" 12 de mayo de 1918

Así contó la fiesta que se celebró en Vega de liébana un redactor, no identificado, en La Voz de Liébana y publicado el 25 de mayo de 1918:

"Unos cohetes de doble detonación anunciaba que la fiesta iba a comenzar, y a su aviso la gente se reunía en la plaza.

Las mozas de los pueblos próximos venían en grupo y cogidas del brazo; adornaban sus cuerpos menudos con la ropa dominguera y en sus rostros lucía la alegría.

Cuando entraban en la plaza escudriñaban recelosamente el lugar. Al encontrarse con alguna conocida de otro pueblo se besuqueaban terriblemente. Alguno que a mi lado estaba se sintió envidioso. La gente de ambos sexos formaban dos grupos; el de las muchachas era como un montón de flores campestres y pintorescas.

Los mozos, alrededor del mayo, terminaban los últimos retoques. El mandón dió la orden y comenzó la fiesta. Varias sogas, hábilmente combinadas, dos caballetes y una escalera con todo el instrumental auxiliar. Se asieron los hombres a las maromas. Una estaba prendida a la punta y otra al centro; la del centro forma con sus dos cabos una tijera abierta en ángulo obtuso cuyas ramas se aproximaban a medida que el palo ascendía; la otra cuerda era como la bisectriz de este ángulo. El director daba el aúpa de mando y aquellas cuerdas de hombres como si fuera una fuerza única embestían y hacían subir paulatinamente al palo mondo y gigante. Duró media hora la empinadura...

Mientras esto duraba, las mozas del pueblo, bien asesoradas por mujeres sabihondas, cantaban algo que quería ser copla, alusivo a las personas de algún viso y a los muchachos que en la fiesta tomaban parte activa. Estos cantares tienen todos el mismo patrón musical y letril. Cuatro expresiones que perdieron su origen en la prehistoria y que cuaje o no cuaje sirve de molde para todo, lo mismo para bodas que bautizos, que para fiestas como la presente. La música es de la misma edad, luce también grandes arrugas. Pero todo ello tiene gracia y se celebra porque nadie lo mira más que por los ojos jóvenes y bonitos de las cantadoras. Sus ocurrencias se rieron y jalearon estrepitosamente. Pueden estar contentas las mozucas y sus inspiradoras.

Pinado el mayo, la mocedad masculina reunida en consejillos, delibera si han de subirle o no subirle. Mil miradas de cálculo dirigen al coloso pelado tratando de medir sus fuerzas con la de aquel monstruo que con la punta clavada en lo alto de la atmósfera y su cuerpo reluciente parece reirse de la pequeñez y atrevimiento de aquellos jaques que quieren vencerle llegando a su cúspide.

Algo bulle dentro de sus pechos en encontrada pugna: el miedo, la desconfianza y los recelos por un lado y el halago del triunfo, la presencia de su Dulcinea y el egoísmo por otro. Después de un rato grande de indecisiones aparece uno, solo uno. Es un mocetón de anchas espaldas, robustos y musculosos miembros, que en su ancha y ceñuda cara muestra el coraje de fiera. Se acerca al coloso, le palpa, le mira y hasta olfatea unas cuantas veces y abrazándole fuertemente arremete en fuertes empujones que le hacen ascender unos pasos. Hay un momento de expectación y de asombro que es sustituido por las risas jubilosas de los que gozan de la derrota del valiente, que completamente ensebado y jadeante se deja deslizar hasta el suelo. Total: unos pantalones y chaqueta sucios y un hombre acobardado por la derrota de sus fuerzas trepadoras. Los demás compararon sus fuerzas con las del atrevido vencido y se ausentaron del lugar comprendiendo prudentemente que sería infructuoso el intento. Yo aconsejaría a los preparadores si me quisieran oir, que hicieran más asequible la ascensión no untando excesivamente el palo. Con ésto restan a la fiesta el momento más interesante de ella.

Sonó el tambor y la pandereta y todos dirigen sus pasos al lugar del baile. Poco animado al principio, pronto tomó incremento y en corto tiempo dos docenas de parejas triscaban sus dedos y castañuelas, saltaban y movían los pies y brazos en espirales y ladeados movimientos siguiendo el compás de la música panderetil. Y a un baile se sucedía otro y en el corro siempre estaban las mismas caras que, rojas y sudorosas, con sonrisa cálida y ojos brillosos, hablaban de unos sentires igualmente cálidos y anhelosos. Pero el cansancio era una cosa que allí no tenía realidad. Pasaban las horas y la animación y ligereza de los bailes parecía crecer con el tiempo como si el impulso que sostuviera aquel juego muscular se hubiera desligado de la música para atender solamente a su aliento sensual.

Y fueron tres horas que duraron un segundo; y si en lugar de tres horas hubieran sido tres días, creo que hubiera sido lo mismo. Porque hay instintos que desconocen completamente la pereza y la fatiga.

Las panderetas eran seleccionadas. El día era grande y a las princesitas del panderetas les tocaba hacerles los honores. Yo presté atención a dos de ellas que supieron cumplir magistralmente la misión; la voz era agradable y bien entonada y los cantares de buen gusto, y las yemas de sus dedos movíanse febriles golpeando el pergamino que sonaba con las sonajillas al unísono de sus cánticos. La más morena, de cuerpo grueso, rostro grandes, ojos negros, pequeños y expresivos; dos rosetas vinosas tintaban las mejillas y en sus labios gruesos ponía enteramente la expresión carnal de su cara. La otra, rubia, de buen talle, un poco desgarbada, ojos verdosos, tez de sonrosado pálido y salpicada de pecas, daba a los cantares el aire dulce de su carácter.

La fiesta estuvo animadísima. Solo una nota desagradable la afeó: la división en dos bandos de la gente joven. Cosa que hubiera desaparecido con un poquito de buen deseo. Y sinceramente he de reconocer que si hubo culpa por ambas partes, la mayor estaba con los festejadores. Sí, señor Presidente,; ustedes son los más culpables de no haberse reconciliado. ¿Y sabe usted por qué? Porque lo noble hubiera sido que ustedes que no precisaban de la ayuda de ellos, en un acto de generosidad, les hubieran tendido la mano. En ellos, sólo el intento hubiera sido una humillación; en ustedes, una grandeza. Ustedes lo comprenderán como quiieran y puedan, yo lo entiendo así."

Más escuetamente y sin detenerse en tanto detalle, el corresponsal en Vega de Liébana de "La Voz de Liébana", Juan Arminio, también dio cuenta de la fiesta:

"El domingo 12 del actual los mozos de este pueblo, dirigidos por don Nicolás García de Villaverde, han pinado el acostumbrado mayo. A la fiesta asistió gran concurrencia de todos los pueblos del valle. De Potes vimos a don Gregorio Muñiz Enterría, don Jesús Fernández Huidobro, don Heliodoro Valle (éste llevó chasco, pues el Mayo estaba pelado), don Román Piñal, don Tomás y don Mariano Palacios, don Emilio Ramos, don Cipriano García, las bellas señoritas Concepción y Carmen Lozano, y de Tama a don Francisco Riaño.

El premio con que se había dotado al Mayo consistía en 25 pesetas, una tarta y una cuartilla de vino, no hubo ningún valiente que lo consiguiera.

Bien quisiera enviar todos los cantares que las jóvenes improvisaron alusivos al acto, pero como no sé taquigrafía, solo pude retener en la memoria los siguientes:

Son animosos los mozos,
lo que nadie lo contara,
que han cortado ese pimpollo,
en el alto de «Conaba».

Lo mucho que han trabajado
y nadie lo considera,
lo mucho que han trabajado
para bajarle a La Vega.

Ya podéis tener mocitos
alegría singular
pues habeis pinado el mayo
sin ninguna novedad.

Con el premio desierto, los jóvenes de ambos sexos tendrán mañana domingo una merienda campestre, en la que es de esperar reinarán alegría y animación. ¡Dios quiera lo veamos muchos años!"

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