Píldoras de Historia

La ermita del pueblo de San Pelayo y sus antiguas inscripciones en piedra

22/06/2018

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Hoy vamos a hablar de otro de los tesoros históricos que guarda Liébana y que pasa muy desapercibido: la ermita del pueblo de San Pelayo y sus antiguas inscripciones en piedra, inscripciones que fueron, como veremos, muy famosas en otro tiempo, apareciendo en buen número de publicaciones.

La ermita, de orígenes medievales (ya está citada en el Cartulario de Santo Toribio en 1288), sufrió diferentes reformas posteriores. En una de ellas, se le debieron de agregar el escudo de los Linares y las piedras con las inscripciones alusivas a ese linaje, lo que se relaciona con don Gabriel de Linares, fallecido en 1696, que «mandó acer este retablo y capellanía», según la leyenda que figura -o figuraba- en el retablo del templo.

Hay quien sostuvo en el siglo XIX que las piedras con las inscripciones fueron trasladadas hasta San Pelayo desde el pueblo de Linares (Peñarrubia), procedentes de las torres de la casa matriz de la familia. Ildefonso Llorente, en sus "Recuerdos de Liébana" de 1882, por contra, dice que «pertenecieron a la antiquísima torre solariega que el Sr. de Linares tuvo sita en ese mismo pueblo de San Pelayo y que, con el transcurso de los años, quedó derruida». Para Rodrigo Amador de los Ríos, por su parte, «tal afirmación, lo mismo que la precedente, no se compadecen en rigor con el carácter paleográfico de los signos, pues éstos no pueden ser referidos sino a la segunda mitad del siglo XVI, siendo a nuestro juicio, obra de la inexperta mano de un cantero poco diestro».

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En cuanto a las inscripciones, el primero en darlas a conocer fue el lebaniego del siglo XVIII Rafael de Floranes que, en una obra dedicada a la poesía antigua castellana, incluyó este texto: «Por complemento de esta materia, pondré aora un monumento de poesía perpetuado en forma de inscripción en las piedras de la fachada de la antiquísima hermita de S. Pelayo, del barrio de este nombre en el Concejo de Varó de la Provincia de Liébana, mi Patria, y poco más de tres quartos de legua del lugar de mi nacimiento». Incluye, a continuación, el romance íntegro que él cree que puede datar de la época del rey Alfonso XI, en la primera mitad del siglo XIV. Aclaremos que las inscripciones recogen sólo el comienzo de ese romance.

La versión de Floranes del romance difiere bastante de la que se divulgará desde la segunda mitad del siglo XIX. Procede ésta de 1850 cuando, según Llorente, «fueron oficialmente encargados de leerle D. Anselmo Martín, eruditísimo cuanto modesto profesor de instrucción primaria que era de Potes, y D. Francisco Alonso de la Bárcena, vecino de Turieno; ambos inteligentes paleólogos» que, además, consultaron documentos antiguos. Su versión fue la incluida por Agustín Durán en 1851 en su recopilación de romances castellanos y, con algún verso más y ligeras variantes, por Ildefonso Llorente en 1882. El título que se le da es: "Queréllase el señor de Linares de que a sí et a los suos fijos les non atiende [el rey] et fase tuerto".

Durán, tras señalar que el romance está grabado «con caracteres, al parecer de a mediados o fines del siglo XV», dice que «a la legua se descubre que el poeta que versificó esta leyenda heráldica procuró afectar un lenguaje que hiciese aparecer su obra mucho más antigua de lo que es en realidad», si bien «debo suspender mi juicio mientras no vea el original, pues acaso la copia no sea tan exacta como se requiere para opinar con exactitud sobre materias tan delicadas».

Rodrigo Amador de los Ríos, que sí que vio el original, parece no tener dudas de que «es obra del siglo XVI, y no tuvo más alcance ni otro propósito que el de enaltecer el linaje de los Linares», careciendo, por tanto, de valor histórico, lo que «no impide que la Querella sea estimada bajo la relación literaria, como hubo de hacerlo Durán, incluyéndola en su Romancero».

Marcelino Menéndez Pelayo también se ocupó de este romance, calificándolo duramente: «Basta leerle, en efecto, para comprender que se trata de uno de tantos pedestres y tardíos abortos de la musa heráldica y linajuda, compuesto en lenguaje afectadamente arcaico y lleno de anacronismos». Sin embargo, dice, es «tanto el aprecio que sin razón han hecho de él muy doctos escritores», que, por ello, incluye la versión de Floranes, comparándola minuciosamente con la recogida por Durán, para concluir que el número de variantes entre ambas «es inverosímil tratándose de un texto grabado en piedra y que no podía leerse de tan distintas maneras, pero puede explicarse sin superchería de nadie por haber desaparecido la inscripción original que todavía existía en tiempos de Floranes (a cuyo texto me atengo), y quedar otras copias más o menos alteradas y retocadas». Y sigue:

«A Floranes las letras le parecieron del siglo XIV; a Durán le dijeron que eran de mediados o fines del XV; pero el estilo del romance, afectado y contrahecho, desmiente tal antigüedad, y parece que le coloca en los últimos años del siglo XVI, en que algunos romanceristas eruditos y autores de comedias comenzaron a escribir en la jerigonza que llamaban fabla o lenguaje antiguo».

En 1973, Manuel Pereda de la Reguera intentó justificar el carácter medieval del romance indicando que, cuando se hizo la inscripción, según él posiblemente en el siglo XVII, «se labró la versión ya deformada por el tiempo y la tradición oral del romance primitivo, del que conserva indudables términos y una estructura perfectamente acorde con la tradición histórica». Como nota curiosa y muestra de la importancia de la, hoy casi perdida, tradición oral, constatemos que Pereda de la Reguera deja constancia de que un chiquillo «que no tendría más de doce años, me empezó a recitar, sin error, el romance del señor de Linares» que le había enseñado su abuelo.

Aunque Menéndez Pelayo se atiene al texto de Floranes, de lo que se puede leer en las inscripciones que se conservan, parece más acertada la otra versión. Es clara en este sentido la expresión "siñero defendí", que se lee a la izquierda del escudo, cuando en la versión de Floranes esas dos palabras no aparecen juntas ya que él dice "por un portillo siñero la entrada defendí yo".

Vemos, pues, cómo Menéndez Pelayo coincide con Rodrigo Amador de los Ríos en datar en el siglo XVI las inscripciones, antigüedad que, aunque suponga que no son de época medieval, sí que justifica realizar los esfuerzos necesarios para su conservación.

Las inscripciones están muy deterioradas por la erosión. Si en el siglo XVIII, Floranes aún las leía, en 1897 Rodrigo Amador de los Ríos podía leer lo que aparece en la imagen izquierda y hoy apenas distinguimos lo de la derecha.

Llamamos la atención sobre que la piedra que mejor se lee, de distinta textura que la mayoría de las otras, ha sido intercambiada de lugar con la de su izquierda, de modo que ahora queda en el centro, sobre el escudo.

Como se ve, la degradación de la piedra ha aumentado considerablemente y sigue aumentando de día en día. Por ello, es necesario hacer un esfuerzo para su conservación. Sus, en el peor de los casos, cinco siglos de antigüedad y el interés que despertó en su tiempo en tantos autores que, como hemos visto, se ocuparon de ella lo justifican.


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