Píldoras de Historia

Escenas Lebaniegas: LA BERRONA

"La Voz de Liébana", 30/12/1905

[...] Por eso, en esta época, azote la cellisca, caiga fría nieve o reposen las calles alfombradas por duro casco, ya están esperando el 28 de diciembre, con la impaciencia con que aguardan el día de Año Nuevo por sus marzantes y aguinaldos y el de Reyes por su vigilia postrera.

Y es que, en tal día 28 de diciembre, suele hacerse la berrona, esto es, aquella diablura que tiene por objeto desvelar a los vecinos, haciéndolos pasar una noche de prueba, consecuencia de un susto morrocotudo.

Para ello, reunidos en pequeño conciliábulo, porque no conozco concilio con fin malo, proponen, discuten y resuelven los medios de llevar a cabo la nocturna hazaña, eligen la víctima o víctimas que han de inmolar en aras de sus tropelías, el orden de retirada que han de seguir caso de inesperado ataque y por último el punto de reunión, por si el ataque degenera en violencia y no puede hacerse la retirada ordenadamente.

Tomados tales acuerdos y levantada la sesión que ha tenido lugar en cualquier callejuela, penetran en una cuadra de reses vacunas cuya situación no necesito describir por ser muy rara la que no se halla enclavada en un edificio, vivienda humana y corte animal al mismo tiempo, que a esto se refería un erudito vate lebaniego, cuando decía o quería decir:

"Es tan buena la armonía
De que gozan, ciudadanos
Que viven en sociedad
Hombres, cabras y m…
Juntos en comunidad".

Comienzan por voces estentóreas a imitar magistralmente el ruido que sobreviene cuando una vaca se suelta del pesebre y cornea a las demás, que berran (de aquí su nombre) ya valiéndose de las cuernas que usan en la operación del ordeño, ya gritando sobre la abertura de la albarca que descalzan y que produce un ruido ronco y sordo, jaleado por arrastre y sonajería de cadenas, cencerros y campanillas y demás intríngulis imitativas, del gusto de cada cual, revolución que necesariamente han de oir los vecinos o amos de la cuadra, que despertándose sobresaltados, presa de febril terror, se arrojan a la calle, gritando nerviosos: ¡¡inda! ¡Cachorra! ¡¡Ju…!! ¡¡Ju…!! quina".

Presurosos abren el establo y cuando no han cogido regular catarro por salir en paños menores a la intemperie, sufren gran decepción al ver profundamente admirados que en la cuadra no hay nada anormal, que la retreta cesó como por ensalmo, que todo en ella es paz y buena armonía, pues ni hay vacas sueltas, ni anarquía taurómaca, en una palabra, que se han tirado como vulgarmente se dice una monumental plancha.

Conocí un aldeano, allá en mis juveniles años, que al oír la serenata, hábil, diestra y escrupulosamente realizada por los críos del lugar, se tiró resuelto de la cama, cual si le hubieran aplicado una corriente eléctrica, con el susto pintado en sus facciones, pidiendo el candil a su mujer, no menos alborotada, mas antes que esta pudiera encontrarlo, ya él, descolgándose del corredor a la calle, cae encima de uno de los de la ronda que se había descuidado un poco en salir de la corte y aunque no se descuidara fuera lo mismo, tal fue la rapidez de la maniobra del vecino de arriba, que creyendo, con la oscuridad, haber caído sobre los cuernos de un animal, fueron tales los gritos que dio, que al poco rato, preocupados por el espanto y no dudando se trataba de un siniestro a media noche [sic] ya aparecían por todas las callejas converjentes [sic], vecinos desalentados, ojerosos y soñolientos, entre los que figuraba el señor Cura, el maestro y el regidor y no el Juez municipal, porque en estas viviendas rurales no se estila tan digno representante de la justicia.

Otro vecino conocí, de los listos del concejo, especie de "tío Merlín" lebaniego, que oliéndose la partida y pensando como dicen por aquí quedarse con los mozos, se parapetó tras la puerta de la cuadra armado de un enorme rolón (la galga de un carro) dispuesto a romperle la cabeza al primer desgraciado chico que por la puerta se colara. Mas sucedió ¡cosa imprevista! que, indispuesta su mujer, apenas tuvo tiempo de salir de casa y dirigirse al lugar común, con intenciones menos limpias, cuando ¡oh fatalidad! Al abrir la puerta fue tal y tan furioso el estacazo que sobre su cuerpo descargó su cara mitad que hecha un ovillo rodó por el suelo, exclamando: ¡me han matado! El tío Ciriaco, nombre del terrible reo, y como todo buen montañés, compasivo, angustioso, se inclina hacia el bulto que a sus pies reposaba casi inerte, respirando con fatiga, y ¡oh, aun más cruel desengaño! también él rodó al comprender quién era su víctima. En esta posición hubiera transcurrido la noche, si al pasar los de la berrona, no vieran a la luz de un titilante farol, sin comprenderlo, mudos y asustados, la escena narrada.

Hoy todavía se acuerda el tío Ciriaco del fiasco a que su suspicacia y terrible mal humor le condujo y a Dios tiene que agradecer el no haberse llevado, al oasis de la dicha, a su pobre mujer, como a los mozos el ser recogido y convenientemente asistido en su propio domicilio. Aún me parece oírle cuando terminaba de relatar su aventura y me decía: ¡Cóncholes, pa algo güenu habían de servir esus culinus!

No se crea exagerado el cuadro que he pretendido esbozar en esta deslavazada escena, que aún hoy existen y de ello, indudablemente darán fe, no todos los lebaniegos (pues por desgracia, según mi modo de ver, van desapareciendo con lentitud estas originales costumbres, sea por falta de humor de la juventud, sea porque los habitantes de las aldeas no se levantan la noche de Inocentes, aunque oigan tocar los cencerros de la localidad bis a bis con las campanas del concejo, iglesia y ermita: tan escamados viven!) pero sí algunos de ellos, que en ocasiones ciertas han desempeñado fielmente, ya el papel de víctimas ya el de verdugo.

Y me callo, pues dije al empezar mi propósito de no descubrir encubiertos; mi objeto era copiar la escena; si no he cumplido, perdonadme: os aseguro no reincidir.

CARLOS
Sevilla y Diciembre de 1905"

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