Píldoras de Historia

Fiesta en el Pico San Carlos en 1960

29/07/2015

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Son las tres de la mañana del 11 de agosto. En esa hora en que un grupo de montañeros se cobijan bajo sus tiendas de campaña de las estribaciones del Pico del Evangelista, mientras hacen tertulia y entretienen el sueño en las cabañas de Tresviso los alpinistas de cuota de Tama y Camaleño, que siguiendo la ruta de Espinama llegaron en auto hasta aquellas alturas, y gran número de peregrinos prosiguen su caminar hacia San Carlos por todos los caminos y sendas de valles, montañas y riscos desde las primeras horas de la noche, duerme, amigo lector, quien te cuenta sus impresiones de la fiesta.

Las canciones, la algarabía, la risa desbordante de las gentes que emprenden la marcha le sirven de despertador y a las cuatro, con una espléndida luna, sale de casa por la ruta de Lon.

El camino zigzaguea, el monte totalmente abierto de follaje, por donde se cuelan los rayos del astro de la noche para iluminar nuestros pasos. Cuando estamos a una altura de 800 metros, no sabemos cómo ni cuándo se forma una sala o lago de niebla que impide ver las profundidades de los valles y destacan con una belleza impresionante las sierras, cumbres y altas montañas que circundan la Región de Liébana.

Estamos en Hoyo Moro, al pie de la peña que da la impresión de que se va a desplomar sobre nuestras cabezas.

A la luz radiante de la luna se contemplan los Picos de San Carlos, Silla Caballo con sus calizas plateadas, y aquí y allá con sus manchones de verde césped, sus arbustos pegados a la roca, sus grietas y aberturas sombreadas.

Toda la peña es un eco. El grupo de romeros de Baró y Lon se va haciendo más compacto en los tornos del puerto de Edes. Allá a lo lejos por medio de las espesuras del monte Lamayor se ven los focos de las linternas, se oyen las canciones, tengo de subir..., y hasta se percibe en la serenidad de la noche la animada y chispeante conversación de la juventud de Brez y Mogrovejo que enfilan una escalada idéntica a la nuestra, la canal de las Arredondas.

Estamos en el final del camino de las antiguas minas de Viaje. La luz tenue de la aurora va desdibujando los pináculos, minaretes de San Carlos que está sobre nuestras cabezas, aquí y allá el balar de los rebaños de ovejas que pastan mostrencas por la peña, las cabras, que se confunden con los rebecos, que trepan por la peña y se perfilan en el cuchillo de la roca.

La canal de Juanfría pone a prueba nuestros pulmones. Son 200 metros en los que pegados a la roca y a través de graveras imponentes llegamos a la cumbre.

Ya estamos en el collado de las Terreres, desde allí contemplamos una vista encantadora, de frente el Pico de Samelar, al saliente en una hondonada Turulledes, el puerto de Potes. Desde la llanura que se pierde de vista, por los tornos de la canal de San Carlos una cinta en espiral de personas ataviadas con los más variados coloridos que sube renqueando para coronar las alturas.

Son las ocho de la mañana y ya en las cercanías de la imagen del Corazón de Jesús se arracima un grupo compacto y todavía siguen llegando por las cuatro rosas de los vientos. En dirección poniente aparecen allá a lo lejos atravesando en fila india una roca y luego un nevero unos bultos que lo mismo podían ser rebecos; pero son los que han llevado la parte más dura de la jornada, los que llegan a través de los puertos de Aliva.

A las diez en la lejanía ondean al viento las banderas de Tresviso y Bejes y las sigue un reguero de gente entre los que sobresalen las jóvenes ataviadas con sus trajes típicos.

La ilusión de la fiesta se turbó en parte cuando al avanzar la mañana aparecen las nieblas, baja la temperatura y se presagian las lluvias, lo que hace precipitar el comienzo de la misa. Sin embargo al comenzar el Santo sacrificio despejan las nieblas, se suaviza la temperatura y hace que se pueda oir con toda devoción.

Celebró la misa el P. Las Heras y durante el Santo sacrificio cautivó la atención de los oyentes con su cálida palabra el P. Vallejo, ambos Jesuitas de la Universidad de Comillas.

Fervor extraordinario y gran número de comuniones, aparte del sacrificio de llegar a aquellas alturas, fueron el obsequio de los miles de peregrinos ofrendaron al Corazón de Jesús.

Terminada la misa en la llanura que sirve de base a la cumbre de Samelar se forman los grupos para la comida campestre. Suenan los compases de la música que hace danzar a la juventud; pero el tiempo se presenta de nuevo amenazador y obliga a tomar precauciones y emprender el regreso.

Grato recuerdo de una fiesta en que nos suena con emoción indescriptible el Gloria a Dios en las Alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.


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