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El franciscano Juan María Aizpitarte deja Santo Toribio tras 24 años

24/02/2016

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Se va con mucha nostalgia, pero a la vez "alegre, porque los años no perdonan y en estos momentos ya dependo de otros para algunas cosas. Estoy operado de cataratas y no me dejan conducir, necesito revisiones médicas periódicas y he de desplazarme hasta Torrelavega por lo que alguien tiene que llevarme, por tanto aunque sigo estando muy bien en Liébana y en Santo Toribio, creo que ha llegado el momento de dar el paso y marchar a la casa que la congregación tiene en Valladolid, donde puedo seguir con mi ministerio y desplazarme a la vez a pie a cualquier servicio que necesite".

Quien así nos habla es el padre Franciscano Juan María Aizpitarte que después de 24 años en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, se traslada a la capital castellana de Valladolid.

Hombre enjuto, muy metódico y de fuerte personalidad, pero especialmente abierto al diálogo de cualquier cosa "menos a hablar de mí, no he hecho nada especial que pueda contar y que realmente interese a la gente, por eso no me gustan las entrevistas". Pero sí que lo ha hecho, al menos así lo piensan los lebaniegos que lo han tratado, que han convivido de alguna forma con él. A “Juan Mari” se le recordará en las comarca porque ha celebrado muchos actos religiosos especialmente en el propio Monasterio, pero también en muchas parroquias de los valles de Pesaguero y de Camaleño, con una sencillez característica de su personalidad.

Antes de comenzar, nos expresa su deseo de que "todo se arregle en el Gobierno de España. Se necesita que haya un gobierno y que todo esto comience a funcionar". Siente pena por 6quot;tanta corrupción como hay" y no comprende como "personas que provienen de familias de alta alcurnia pueden hacer lo que hacen". Le duele "en el alma las pocas oportunidades que los jóvenes tienen en esta comarca para quedarse aquí y no tener que emigrar. Quizá todos los alcaldes deberían reunirse y ver la manera de solucionar estas cosas, de idear fórmulas para crear empleo atractivo y que Liébana no se despueble más de lo que se ha producido desde que llegué hace 24 años".

Es su opinión, que expresa con toda naturalidad, y razón no dejará de faltarle. Antes de llegar a Liébana, Juan Mari, que había nacido un 24 de octubre de 1928, es decir que va camino de los 88 años, comenzó su ministerio en Alfaro, La Rioja, para más tarde ir como auxiliar de capellán al ejército, seguir en Valladolid, Olite, Trillo, donde desempeñó su labor en el sanatorio de leprosos, Vitoria, Nájera, Burgos y desde aquí a Santo Toribio donde a partir del viernes 26 de febrero lo abandona para volver de nuevo a Valladolid.

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Nos dice que marcha "muy contento, la gente me ha tratado muy bien. Los lebaniegos son personas de buen trato y muy amables, por lo que me he sentido durante todos estos años muy a gusto. Pero las circunstancias de la vida van cambiando, nosotros mismos cambiamos y las necesidades también, por ello la decisión se ha tenido que tomar y eso es lo que he hecho. En Valladolid voy a estar bien porque lo tengo todo muy a mano, no hay que salir de la casa prácticamente para nada porque tenemos la parroquia en ella y todos los servicios que necesita una persona de mi edad también".

Le inquirimos que nos indique en qué ha cambiado la comarca lebaniega en todos estos años y nos responde rápido. "En lo general, está claro que la población es mucho menor que entonces, ha habido mucha emigración y la población que queda cada vez es más mayor, la juventud se marcha y esto parece que no hay quien lo pare. En cuanto a lo religioso, el cambio también ha sido muy significativo. Cuando vine, había más sacerdotes, era raro que en un pueblo no se celebrara misa por este motivo, hecho que ahora sucede, o al menos no se celebra todos los sábados o domingos. La “nómina” de sacerdotes ha bajado, los que estamos nos tenemos que multiplicar y así y todo no llegamos, y cada vez peor. No sabemos en qué quedará todo esto, pero el futuro no parece muy halagüeño".

Nos despedimos con un apretón de manos, la fortaleza con la que lo hace nos indica que nos encontramos ante un hombre íntegro, sincero y cabal. Quien lo ha tratado así lo confirma, pendiente de los demás, sufriendo por el discurrir de la vida de quienes le rodean y muy preocupado por el devenir político. Está en todo, por eso quizá se le eche de menos, aunque sus facultades hayan mermado, especialmente en el Monasterio, donde además de su labor, siempre estaba dispuesto a cubrir por cualquier imprevisto la de los demás.

Le deseamos suerte en su nuevo destino y nos quedamos con la sonrisa de despedida, sonrisa que siempre, soplara el viento como soplara, mantenía con sus interlocutores. (Informa Pepe Redondo).


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