'Escenas lebaniegas' y otros relatos

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EL RISCO DEL CHIVATO

Relato publicado por la revista "Vida aristocrática", nº 29, del 20 de octubre de 1920, firmado por el alpinista, pintor y fotógrafo Antonio Prast.

Dibujo de Prast en la E inicial del artículo n los campos del Puerto de Aliva (Picos de Europa, Asturias), resguardados por los riscos ingentes del Pico Coriscao, vi por vez primera una manada de esos ágiles rebecos que tanta curiosidad me habian producido y tanto deseo tenía de conocer.

Iban, según me dijo el guía que me acompañaba, á lamer en las laderas del canal de los vidrios las piedras salitrosas que allí existen, para después aguar en las vertientes de Peña Vieja.

Fatigado de la caminata que llevábamos, aproveché aquellas noticias para solicitar del guía me contara algo sobre aquellos animales, pues yo deseaba tener un pretexto para descansar sin confesarlo.

Tendido en la verde alfombra y junto á mí el guía sentado y en actitud pensativa, transcurrieron unos momentos, interrumpidos sólo por el aire que silbaba entre los peñascales próximos, hasta que, rompiendo el silencio y señalando con su cayada un risco que dominaba el Valle de Potes, dijo: aquél es el risco del Chivato, y á requerimiento mío me contó la siguiente historia:

Era la Manolona hija de unos pastores que tenían la majada en aquellos contornos y que cuidaba de su ganado con tanta maña y cuidado que aventajaba al mejor de los pastores de la montaña.

La vida natural que llevaba la había desarrollado, hasta tal extremo, que contando sólo quince años parecía una matrona hecha y derecha.

De cuando en cuando hacía una excursión á las salitreras para hacer la provisión de su ganado, y un día que á la sazón volvía de esta tarea, se sentó en aquel risco, quedando á poco dormida por el cansancio que tenía.

No lejos de allí retozaban unos chivatillos de rebeco guardados por su madre, que muy plácidamente sentada se resguardaba del sol con uno de aquellos peñascos; una de las crías se separó, llegando con sus saltos y cabriolas hasta donde dormía Manolona, conservando en el regazo los trozos de salitre que había cogido.

El chivato andaba temeroso alrededor de la zagala, acercándose poco á poco al notar su inmovilidad y habiéndose hecho cargo además de la golosina que tan cerca tenía.

En esta tarea estaba, cuando la zagala despertóse sin sobresalto, y dándose cuenta de la proximidad del rebeco, conservó su inmovilidad, quedando contemplativa hasta que, moviendo las yemas de los dedos, haciendo el ruido de castañuelas y siseando, logró obtener la confianza de aquel animalejo, dejándose acariciar.

La luz del crepúsculo iba desapareciendo ya y ella, temerosa de perderse después en las tinieblas de la noche, le dió un abrazo y dejándole unos trozos de salitre se alejó. Volvió varias veces la vista diciendo adiós al chivatillo, que erguido un buen rato seguía con interés el camino que ella llevaba hasta que, dando un par de brincos, desapareció.

Aquella noche la zagala no dió reposo á su cuerpo; dió mil vueltas encima de su camastro pensando siempre en aquel animalejo que en su despedida parecía haberla dicho: vuelve mañana.

Llegó el nuevo día, ella realizó sus quehaceres diarios, mecánicamente, por la costumbre adquirida, y llegada la hora en que el día anterior había estado con el chivato, volvió presurosa á la montaña.

Allí no había nada; el silencio que ella admiraba diariamente le pareció fúnebre aquel día y esperó contristada algunos momentos, hasta que, casi imperceptibles, empezó á escuchar unos validos lejanos.

Esperó, y á poco surgió dando saltos el chivatillo del día anterior; siguió un encuentro amistoso en el que la zagala acariciaba á aquel animalejo que parecía tener sentimientos humanos, siendo correspondido por él por ese rozar del cuerpo con que los animales demuestran su simpatía á las personas.

Aquella tarde no era apacible como la anterior; se fraguaba entre las nubes una tragedia; empezaron á caer gruesas gotas, y la zagala, recogiéndose la falda por encima de la cabeza, cobijó á su compañero, como tratando de defenderle de algún mal que presagiara.

La lluvia se hizo torrencial y los relámpagos empezaron con inusitada frecuencia á iluminar aquellos contornos; los truenos secos y su eco se repetían sin cesar, y aquél grupo inmóvil resistía la cólera del cielo. El chivatillo temblaba de espanto y la zagala le acariciaba dándole ánimos.

Una ráfaga de aire violento llevó hasta aquel lugar el sonido de la campana del reloj de la iglesia del pueblo que, como con insistencia premeditada, fué repitiéndolas una á una hasta cinco.

Una exhalación vino como á partir en dos el firmamento, cayendo con saña sobre aquella alma indefensa; un chasquido enorme resonó entre los peñascales y á larga distancia fueron lanzadas piedras chicas y grandes, que el rayo había triturado; por un momento, un humo denso veló los detalles, y el olor fuerte de azufre se dejó respirar largo tiempo... Aquellas piedras ya no albergaban á nadie: la zagala y el rebeco habían caído al precipicio; el cuerpo de ella había protegido del golpe al del animal y yacía inerte y rígida como un trozo de leña carbonizada; él salió indemne por uno de esos milagros á que nos tiene acostumbrados la Naturaleza, huyendo después por su instinto hasta donde sus compañeros acampaban.

En la majada, intranquilos por aquella falta extraña de la zagala, se comentaba su ausencia prolongada, hasta que, atraídos por una bandada de cuervos, que les hizo creer en alguna de sus cabras muertas, encontraron el cuerpo carbonizado de Manolona.

En aquel lugar clavaron una cruz que recuerda aquella tragedia.

Dibujo de Prast que acompaña el artículo Desde aquel día notaron los pastores de la majada que á las cinco, y por espacio de unos minutos, en un peñascal del monte, aparecía un rebeco, miraba fijo hacia el valle y huía después en vertiginosa carrera.

Cundió la noticia en la aldea y ya era sabido que no quedaba nadie que no llegara de fuera que no supiera aquella rareza, siendo curioso ver muchas veces en las afueras del pueblo, y sobre un altozano que dominaba el panorama, un grupo de personas con catalejos y anteojos esperar á las cinco para admirar aquel animal extraordinario cuya puntualidad en asomarse á aquel risco debía tener alguna significación que se prestaba á mil comentarios y leyendas.

Hacía ya un mes que se repetía el fenómeno; pero ya iba siendo olvidado y sólo se recordaba á la llegada de turistas y alpinistas que iban á la montaña.

El padre de la zagala sentía una irresistible atracción hacia el risco donde diariamente aparecía el rebeco, hasta que un día, muy de mañana, llevó su ganado por aquellos contornos. Ya antes de llegar á aquel risco, el mastín que llevaba empezó á andar y desandar el camino, como si hubiera encontrado algún rastro para él conocido; vacilaba, volvía á insistir y, parándose delante del pastor, parecía querer decirle alguna cosa; por fin salió corriendo, deteniéndose en el risco del chivato, ladrando lastimeramente, como diciendo á su amo: apresúrate, ven pronto; y en efecto, el pastor corrió hacia él, y al llegar jadeante, le esperaba el mastín, teniendo entre sus dientes el pañuelo rojo de Manolona, chamuscado y roto.

Su vista, nublada momentáneamente por las lágrimas, pudo ver también un montón de salitre del que solía llevar la zagalilla.

Entonces adivinó la tragedia: miró desde allí al baranco, y, diminuta, vió la cruz donde se encontró á su hija. Al recordar su cuerpo carbonizado y ver allí la roca triturada y negra, comprendió que el rayo en aquel sitio la segó la vida, arrojando su cuerpo al abismo; aquel día aguardó á que dieran las cinco escondido entre unos peñascos próximos, y el rebaño lo alejó todo lo que pudo.

Puntualmente el rebeco llegó, se asomó al precipicio un instante y raudo como el viento volvió á marcharse, dejando al pastor el convencimiento de que aquel pobre animal algún instinto de gratitud hacia su hija le guiaba hasta aquel sitio.

En aquellos días llegó á la aldea, donde sentó sus reales, una familia de pocos recursos, y que al poco tiempo ya dió que pensar sobre el misterio de su vida, pues según se corría, no hacían gasto ninguno en las tiendas. Aquel secreto fácilmente se adivinaba: vivían de lo que él cazaba furtivamente y de lo que se distraía por corrales y huertas.

El jefe de la familia, por su aspecto, ya predisponía á pensar mal en él, pero nunca se podía suponer que tuviese instintos tan perversos.

Supo, á poco de llegar á la aldea, la curiosidad del rebeco, y aquello que en el pueblo era una institución, pues se prohibía asustar á aquel animalejo, fué motivo para que él viera en su imaginación suculentos trozos de carne y provisión para una temporada.

Estudió con cuidado los alrededores de aquel risco y preparó con verdadera fruición el aleve asesinato de aquel pobre animal. Aprovechó la circunstancia de un día de fiesta, y cuando los del pueblo escuchaban con religioso silencio el sermón del padre cura, él aguardó oculto á su presa y, á mansalva, disparó certero su rifle, que atravesó aquel corazón digno de loa, pues indudablemente venía á dedicar un pensamiento á su amiga de un día. El animal cayó al abismo rodando y rebotando en las piedras.

El cazador siguió con atención la trayectoria de aquel cuerpo sin vida, y cuando fué á recogerlo, lo encontró entre las piedras que sujetaban la cruz de Manolona.

¡Qué extrañas coincidencias logra el destino! La perfidia de un hombre reunió en el mismo lugar los cuerpos de los dos amigos.

La extraña coincidencia de encontrar al pie de la cruz aquel cuerpo inerte, hizo á aquella alma perversa llenarse de temor, y con sigilo hizo allí mismo un hueco grande y enterró su cuerpo.

Desde entonces, en la aldea se recuerda la fecha en que dejó de salir aquel rebeco á su risco favorito.

ANTONIO PRAST
(Dibujos del mismo.)

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