120 años de la muerte de Jesús de Monasterio
28/9/2023
El 28 se septiembre de 1903 falleció en Casar de Periedo Jesús de Monasterio, el gran músico lebaniego cuya vida resumimos hace años en este pdf.. Hoy, al cumplirse 120 años de su muerte, recordamos la publicación que unos días después, el 13 de octubre, le dedicó el periódico El Cantábrico.
El encargado de escribir el homenaje de El Cantabrico fue Leopoldo Pardo e Iruleta, quien comienza destacando que la «bondadosa amabilidad, el agudo ingenio y la sinceridad a toda prueba de Monasterio, al contrario de lo que sucede con tantas célebres figuras del arte y de la ciencia, hacían dividir nuestra admiiración entre el hombre y el artista».
«Rey del violín», fue -escribe Pardo- «el primero, indiscutiblemente, en la elegancia de la ejecución, en la pureza y suavidad del sonido (su característica), respecto de cuyas excelencias afirma Pérez de Guzmán que no ha tenido ni tendrá semejante».
Casi jubilado como ejecutante en los últimos años de su vida, cuando le conoció Pardo, sin embargo, «en esta época de trabajo silencioso y constante realizó don Jesús la más plena confirmación de su portentoso genio musical». Considera de inapreciable valor tanto su labor «utilísima» para la cultura patria desde que en 1862 fundó la Sociedad de Cuartetos como el desempeño de su cátedra, «vivero de violinistas eminentes, primera enseñanza revolucionada en nuestro arcaico Conservatorio nacional, cuna de los "Veinte estudios para violín" tan alabados por el ilustre Gevaert», o el «entusiasmo con que emprendió la popularización de la música moderna y la serena tranquilidad con que resistió las campañas contrarias de los intransigentes».
Tras el Monasterio artista, pasa Pardo después a destacar facetas del Monasterio hombre. «La cualidad que más sorprendía en él a cuantos nacimos y vivimos en estos tiempos de adulación y cortesanía era la sinceridad, tanto más sorprendente en hombre que, como él, había pisado los palacios casi al mismo tiempo que el umbral de la vida».
Además, «exacto como pocos en el cumplimiento de su deber, no se doblegaba por nada ni por nadie» como demostró cuando, siendo director del Conservatorio, Enrique Fernández Arbós, «su discípulo predilecto», deseando seguir en Londres, donde estaba triunfando, sin perder la cátedra que tenía en el Conservatorio, le pidió a Monasterio que le concediera una licencia indefinida. «Monasterio, a quien llenaban de satisfacción los triunfos de su discípulo en Londres, se negó en redondo a conceder una licencia que, además de estar prohibida por el reglamento del Conservatorio, estimaba abusiva». Recurrió Arbós entonces a la reina para que intercediera por él ante Monasterio, sin resultado ya que «el maestro hizo ver a S.M. la imposibilidad de faltar a lo mandado» y que la única vía era que «esa orden que V.M. me comunica ahora, amistosamente, démela V.M. mañana en la Gaceta y yo la cumpliré gustoso», como así sucedió.
Otra faceta que Pardo destaca de Monasterio es que era «hombre de trato sencillo, [que] sazonaba las conversaciones con frases pintorescas y ocurrencias felices». También su «españolismo», que le llevó a rechazar eminentes puestos en el extranjero, y su amor a La Montaña «sin ruidosos entusiasmos, como una necesidad de su espíritu, y a ella acudía cada año en busca de algo que en los palacios y entre las aclamaciones no encontraba». Dentro de éste, no podía faltar Liébana y, así, «todos los veranos, hasta hace poco tiempo, hacía desde Casar una escapada de ocho o diez días a su casa de Potes en que nació, y allí, acompañado de su violín, dedicaba al estudio el poético atardecer montañés. Las gentes del pueblo, cuando regresaban de los trabajos del campo, oían el violín del maestro y en la carretera, ante esa casa que el dibujo reproduce, se reunía al anochecer un público singular que con gritos y aplausos obligaba al maestro a salir al balcón» y, al verse «de tal modo apreciado por los suyos, loco de gozo, empuñaba el violín y en el balcón principal ejecutaba un delicioso concierto entregándose a la inmensa poesía que en todos sus detalles le brindaba tan hermoso cuadro».
Como una muestra más de ese amor por La Montaña, organizó concursos y recogió cantos populares.
Apenas un mes antes de su muerte, el 26 de agosto, en el Casino del Sardinero «tocó magistralmente el Adiós a la Alhambra, en el violín que le ofreció Corvino», uno de los integrantes del Orfeón Cantabria, y consta que el 6 de septiembre trabajó en alguna de sus composiciones, de las que queda alguna inédita, según Pardo, quien señala que «murió como vivió: moldeando su espíritu a la modestia, modestia arraigada con sus convicciones religiosas, la hermosa fe en el pulvis eris... Allí, en el modesto cementerio de Casar, quiso él que reposara su cuerpo bien lejos ya de su espíritu genial: nada de pompas en su entierro, nada de coronas, nada de panteones de ilustres».












