"Historias"

LAS NATAS DE LA TÍA PETRUCA

Relato publicado el 25 de marzo de 1916 en "La Montaña", revista cántabra de La Habana, firmado por "P. de Lebeña".

ADVERTENCIA: Lo acontecido a la tía Petruca que narra este relato es un plagio de otro, titulado "A natas", incluido en el libro "Liébana y los Picos de Europa" publicado en 1913 por La Voz de Liébana, del que sólo se han cambiado los nombres y pequeños detalles. Incluímos éste de 1916 por la introducción previa de los mozos pastores, ausente del relato original, y por las reflexiones que hacen éstos sobre la emigración, retomadas al final por el autor, lebaniego emigrado a América.

En mi pueblo, que es uno de los muchos que componen el pintoresco Valle de Liébana, fui uno de los que ayudó a llevar a feliz término un golpe a natas, preparado y planteado por los nobles pastores que, detrás de cabras y ovejas, andando por los riscos y las montañas, nos pasábamos la vida, ocupándonos más en jugar al Calvo, que en evitar que entraran las cabras en los prados y tierras. Los mencionados pastores éramos Tasio, Gabriel, Goriuco, Pedro y Quico, el sobrino de la tía Petruca.

Las cabras y ovejas esparcidas por las verdes camperas pacían, tocando de cuando en cuando el típico campanuco. El perro, que era el mejor pastor, yacía acostado a la sombra de un hermoso roble. Nosotros nos entreteníamos, unos en hacer tarugos para las albarcas y otros en pintar palos de acebo, para por la noche bajarlos al pueblo. La conversación nuestra era sobre la emigración. Unos pensábamos marchar para Cuba, otros a la Argentina y México. Quico, que lo teníamos en el pueblo por más tonto, callaba y seguía su tarea. Al cabo de un rato, suspende su labor de hacer tarugos, y nos dice: Dejaros de marchar para las Américas, que las Américas las tenemos nosotros aquí, y haced lo que yo pienso hacer, que es casarme con Lucía, salvo que no me dé calabazas por algún indiano de esos que se aparecen por aquí con más brillantes en los dedos que remiendos tiene mi pantalón. A esos son a los que yo temo, porque aquí en el pueblo, no creo yo capaz a ningún mozo de quitarme el cariño de la mi Lucía, o si podéis haced la prueba, que este palo de acebo que estoy pintando, se lo puedo medir a cualquiera por las costillas.

Bueno, Quico, ya está bueno de pintarla, contestó Pedro. Nosotros ya te conocemos, y no hablemos más, si tú te quieres casar, cásate, pero nosotros pensamos marchar para las Américas. Tú te quedarás aquí guardando las cabras, y quiera Dios que cuando volvamos te encontremos casado con la tu Lucía y con diez o doce pastorucos para que te ayuden a guardar el ganado.

El sol se va escondiendo tras las montañas que nos rodean para dar paso a la obscuridad de la noche que pronto empezará a cubrir con su manto las verdes camperas por donde nuestro ganado pace. Nosotros, suspendiendo nuestros diálogos, nos separamos, para tomar cada uno su vereda, juntar el ganado y encaminarlo hacia el pueblo. El perro que yacía antes acostado debajo del roble se levanta, y con una sola seña de tasio se separa y nos ayuda a encaminar el ganado. Pocos momentos tardamos en realizar nuestra faena. Juntos otra vez caminábamos detrás del ganado que satisfecho brincaba por los argumales. Seguíamos pensando en las Américas. De repente salta Gabriel, y dice que sería conveniente ir a natas por la noche y, aprobado por todos, decidimos juntarnos a las 9 de esa misma noche en un punto que nosotros le llamábamos la Casuca.

El primero en llegar fue Quico. A los pocos instantes ya estábamos todos reunidos tratando sobre a qué ventana le haríamos el asalto.

- Yo creo que deberíamos ir a casa de la tía Marcela que esta tarde ordeñó la "Macarena" y la "Lista" y les sacó dos ollas, dijo Goriuco.
- Pues yo, habla Quico, opino que deberíamos dirigirnos a casa de la tía Segunda, que le he visto un barreño en la ventana que da al huerto del Sr. Cura.
- Pienso que estoy en razón al decir que vayamos a casa de la tía de Quico, o sea la tía Petruca, que dice que los mozos no somos capaces de robarle las natas, y el lunes pasado en el mercado, les decía a las queseras de Tresviso que nunca los mozos le comerían los quesos ni tomarían la leche.

Quico, al ver la determinación de todos de ir a las natas de su tía, se quedó un poco suspenso, pero basta que se tratara de los mozos para que accediera a seguirnos, y juntos nos encaminamos por la calleja que va hasta la fuente. Después de espantar los perros, para que no nos estorbaran en nuestra empresa, nos acercamos al ventanuco que se eleva a 8 o 10 metros de altura.

- ¿Quien sube?, dijo Quico; nos hace falta una escalera y no la tenemos a mano. Lo mejor será que nos vayamos al portal del tío Adriano, traer el carro y podremos subir con más facilidad.

Dicho y hecho: nos dirigimos al portal, y nos llevamos el carro, y después que le quitamos las ruedas, lo empinamos debajo del ventanuco con el cabezón para arriba. Lo cierto es que sudamos un poco para hacer la maniobra silenciosamente.

- ¿Quién sube?, preguntó Quico otra vez.
- Yo, exclamó Goriuco.
- Eres el mismo demonio, hombre, repuso Quico.

Y comienza a esquilar por el carro muy calladamente hasta poner los pies en el cabezón y poder tocar la ventana para penetrar en el corredor. La obra, aunque era difícil, resultó fácil por lo acostumbrado que Goriuco estaba a estas empresas.

A los pocos momentos asoma la cabeza por el agujero, y dice muy quedo que la tía Petruca está acostada encima del arcón donde tiene la leche y el queso y que es imposible sacar nada sin despertarla.

Quico temblaba por miedo a que su tía se enterara de que él tomaba parte en la empresa, pero a nuestro ruego sube por el carro, para ayudar a Goriuco que lo conduce hasta el arcón, y cogiendo en peso a la tía Petruca, que poseída de un profundo sueño no da señales de movilidad, la ponen en el suelo.

Abren el arcón, sacan seis riquísimos quesos y dos rebosantes barreños de leche que cuidadosamente nos alargan a nosotros que pegados al carro estábamos esperando el resultado de tan arriesgada hazaña.

Cierran el arcón y vuelven a poner encima a la tía Petruca que seguía durmiendo como si tal. Satisfechos de haber salido bien de la empresa buscaban la salida hacia la ventana, pero Quico da un tropezón contra unos cacharros que rodaron por la saluca y él cae con gran estrépito.

Ambos se quedaron parados bien arrimados a la pared, temiendo ser descubiertos y no se equivocaban, pues al ruido se levanta Pepuco, hijo de la tía Petruca, que se dirige desde su dormitorio a la sala gritando: ¡Madre! ¡Madre!

Pasa rozando a los dos mozos, que hacen inauditos esfuerzos por contener la respiración, y después de hallarla sobre el arca la despierta y la hace notar el ruido que se oyó.

- ¿Sería el gato que andaba por el desván detrás de los ratones?, dice ella.
- ¿Le habrán llevado la leche?, madre.
- Cómo, tochón, me la iban a llevar, si toda la noche he estau acostada sobre el arcón y lo más de ella despierta. A ti sí que te van a llevar los demonios. Anda, acuéstate y no me interrumpas el sueño, que mañana tienes que madrugar para que vayas al "Nogalón", que ha hecho mucho viento y estará el suelo lleno de nueces.

Y se va Pepuco malhumorado hacia su cuarto refunfuñando y diciendo entre dientes ¡Milagro si no le han llevado los quesos!

Luego de un corto rato, vuelve la calma. Goriuco y Quico, que a duras penas han podido contener la risa unos momentos, salen de su escondite y toman la ventana y saltan en medio de los vítores de los mozos ya alarmados por tan larga espera.

Nos retiramos con los quesos y la leche. El carro lo dejamos arrimado a la pared. En una campera cercana a la fuente, nos zampamos las natas y comimos el queso. Después volvimos los carreños vacíos a la ventana.

A la mañana siguiente, figúrense los lectores qué despertar tendría la tía Petruca.

De los mozos que llevamos a cabo la empresa, Quico es el único que se encuentra en la aldea, ya casado con su Lucía. Los demás andamos por estas tierras americanas acordándonos de los consejos que nos daba Quico y de las natas de la tía Petruca.

¡Qué razón tenía Quico al decirnos que la América estaba en la tierra inolvidable donde nacimos!

P. DE LEBEÑA

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